Una muerte imperfecta

Una muerte imperfecta

Una muerte imperfecta

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A lo largo de nuestra carrera profesional hemos tratado un sin fin de casos de distintas naturaleza. Pero nunca antes habíamos asesorado a un escritor para desarrollar la trama de una novela. Y así tuvimos el honor de contar con J. J. Fernández entre nuestros clientes, quien nos eligió para recibir nuestro asesoramiento jurídico necesario para su próxima novela.

J. J. Fernández es autor de un magnífico thriller sicológico titulado Una Muerte Imperfecta, publicado en enero de 2020. Es una novela que recomendamos, y que podéis comprar, entre otros lugares, en Amazon o en La Casa del Libro.


La policía confirma que fue una muerte natural.

Megan cree que fue un asesinato.

La verdad fue otra…

Megan no es feliz. Una menopausia prematura y un marido ausente se mezclan en una vida monótona. Con una maleta en la mano, una entrevista de trabajo y decidida a empezar una nueva vida, Megan recibe una fatídica noticia que dará un giro inesperado a su vida. Su tío Paddy ha sido encontrado muerto en su coche.

Megan se lanzará a una carrera contrarreloj para salvar la memoria de su familia y descubrir la verdad de la muerte de su tío. Una verdad que la arrastrará por un laberinto de tortuosas emociones donde llegará a poner en peligro su propia vida.

¿Será Megan la próxima víctima o es todo un producto de su imaginación?

 

J. J. Fernández

 

Es un autor valenciano que ha pasado más de media vida fuera de España. Estudió Filología Hispánica por la Universidad de Copenhague y vivió en esa ciudad durante diez años.

Luego se trasladó a Reino Unido, donde continuó su trabajo de profesor de lenguas en un instituto de secundaria de Londres. Actualmente, reside en Kent.

Es amante de las series de crimen danesas, los cafés y el sushi.

Con un lenguaje moderno y muy británico, que puede chocar a algún lector, J. J. Fernández narra una historia singular con un final desequilibrante, pero muy original. En la novela no queda ningún cabo suelto, el lector podrá saber lo que ha sucedido pasando por encima de la información que Megan nos ha ido proporcionando desde su cabeza fragmentaria, donde las emociones juegan con lo racional. De marcado rasgo psicológico, el escritor valenciano ha sabido jugar con dos elementos: lo real y lo que creemos real que muchas veces no tienen nada que ver. Un buen debut de un escritor que se ha autopublicado su novela desde la brumosa capital británica.

(Javier Velasco Oliaga)

Una muerte imperfecta

Reseña de David Gómez Hidalgo


Esta reseña fue publicada en el blog de su autor

 

Una muerte imperfecta es la primera novela de J. J. Fernández y creo que es una buena carta de presentación para un escritor que se preocupa en todo momento de dar ritmo al texto sabiendo que tiene entre manos un thriller.

J. J. Fernández es todo un correcaminos y con una mezcla cultural brutal, de esas que dejan huella en los escritos a poco que uno le ponga intención.

El tío de Megan ha muerto de forma inesperada. Para la policía las causas son naturales. Para su sobrina no todo está claro. Hay los suficientes elementos de la vida privada de su tío fuera de lugar para sospechar que no todo es como parece. Además, la vida de la protagonista y voz de la novela, está patas arriba y un elemento curioso: se está preparando para correr una maratón. Existe otro elemento que prefiero no desvelar. Os lo encontraréis, como el que no quiere la cosa, y del que se correrá un tupido velo para volver a emerger con fuerza al final de la novela y, como os podéis imaginar, podría ser decisivo.

A partir de ese argumento un estira y afloja entre la protagonista y la policía. ¿Quién tendrá razón? Aunque ella tiene fuertes convicciones y por ello seguirá hasta el final para que no quede duda sobre la muerte de su pariente.

Os he hablado antes de ese otro elemento que no quiero desvelar, pero que el autor lo utiliza con solvencia para meternos de lleno en la lectura. Tenemos la sensación que nos hemos perdido algo. Tenemos la certeza que el autor sabe mucho más que nosotros y que nos oculta información. Eso nos crea desconcierto, pero a la vez ganas de seguir leyendo para ver a dónde nos llevan nuestras suposiciones. El autor consigue la implicación del lector en el caso.

Me ha gustado la teoría que sostiene una de las patas de la mesa de la novela: una fuerte emoción puede provocar un colapso tan grande que puede derivar la muerte de la persona. Nunca me había parado a pensar en ello y seguro que es una verdad como un templo. Pienso en aquellas parejas de personas mayores que llevan toda la vida juntos y que cuando una fallece al poco fallece la otra sin dar síntomas de estar muy mala.

En la parte de los peros, quizás Megan se haga demasiadas preguntas y puede llegar a aturdir al lector. Como decía, el lector podría tener facilidad por meterse de lleno en el caso y que Megan se haga tantas preguntas es como hacérselas al lector y, en mi caso, algunas las tenía más que pensadas. Por eso, en algunos momentos de la novela he tenido la sensación que el ritmo del thriller decaía un poco. Una posible solución hubiera sido cortar algunas de esas escenas; sobre todo recuerdo una en la que parecía una metralleta lanzando preguntas y que me ha puesto un poco nervioso.

Con todo, la novela se lee rápida llevado por esas ganas de saber el desenlace. Y como toda buena novela de suspense, tiene sorpresa. Creo que bien construida por parte del autor, cocinada a fuego lento para lograr la satisfacción final del lector.

Crítica de Javier Velasco Oliaga


Esta crítica fue publicada  en Todo Literatura


“Una muerte imperfecta”, del escritor valenciano J. J. Fernández, es una novela que se mueve entre el thriller psicológico y el domestic noir. De clara influencia nórdica, el autor ha construido una sólida narración que se va complicando progresivamente hasta la resolución de la misteriosa muerte del tío de la protagonista Megan Evans.

J. J. Fernández ha ubicado la acción de su novela en una localidad cercana a Londres. El escenario de la obra lo conoce muy bien el autor porque lleva viviendo varios años en la capital británica como profesor de lenguas en un instituto de secundaria. También ha escogido con tino el encuadre temporal, una semana de enero de 2006, posterior al fatídico atentando terrorista que asoló el metro londinense en julio del 2005. Muy a propósito porque uno de los protagonistas estaba casado con una de las numerosas víctimas que perecieron en el atentado.

La novela está narrada en primera persona por Megan, de ahí que el autor nos lleve por donde estima oportuno para mantener la tensión de la narración. Si bien es verdad que nos oculta información, la propia narradora también la ha olvidada. Un traumático acontecimiento en su infancia hace que olvide todo lo relacionado con su tío Paddy, antiguo sacristán católico de una iglesia cercana a su domicilio. Decir Iglesia Católica en Inglaterra es decir pederastia, muchos han sido los casos denunciados en las islas británicas, pero… pocos los esclarecidos.

No vamos a desvelar los condicionamientos que llevará a la protagonista a la ¿posible? resolución del caso. Megan en una mujer frisando la cuarentena que comienza una menopausia precoz. El fallecimiento del tío Paddy trastoca su vida y la influencia negativamente. Desde el momento en que la policía la comunica la muerte de su tío, ve cosas raras que no la cuadran. Es extraño que su tío saliese por la noche conduciendo su viejo coche. Posteriormente, la policía de su localidad la comunica que el sacristán Paddy ha muerto de un ataque de asma, algo que no le chirría profundamente.

La trama transcurre vertiginosamente en ocho días. Desde el primer momento, Megan emprende una alocada investigación para conocer la verdadera razón de la muerte de su tío. En dicha investigación, nos encontramos con una persona llena de traumas, inestable y que, en ocasiones, da la sensación de estar desequilibrada. Inmersa en un proceso de separación con su marido a causa de unos celos, que no sabemos si son infundados o no, Megan se muestra caprichosa, pero sagaz en dicho proceso de investigación.

La policía no da crédito a sus sospechas por lo que intenta encontrar un sentido a esa muerte. Alguna prueba circunstancial, la cinta que encuentra en una caja de su padre, enfermo de Alzheimer en una residencia de ancianos, hace que se la abran nuevos caminos en dicha investigación. Deja a un lado su vida para dedicarse a correr y resolver el enigma que rodea a su tío.

En la novela, el diálogo interior de Megan juega un papel fundamental en el desarrollo de la novela. Sabremos de primera mano sus inquietudes, pero también sus miedos e inseguridades. Aun así se muestra, en ocasiones, lúcida y arriesgada en su decisiones. Megan nos va llevando por una trama donde aparecen varias analepsis o flash-back de la vida de sus padres, tío y hermana, que nos darán más información sobre lo ocurrido a Paddy.

Entrevista

Puedes escuchar una interesante entrevista al autor…

El absentismo escolar por Covid no es delito

El absentismo escolar por Covid no es delito

El absentismo escolar por Covid no es delito

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Ante el inicio del curso escolar son muchos los padres que temen el contagio de sus hijos en los colegios. Las administraciones y la Fiscalía están alertando de las «supuestas» graves consecuencias que tendría no llevarlos al colegio. En este artículo, publicado originalmente en El Mundo, uno de los mejores penalistas de España, José María de Pablo arroja luz sobre el particular.

 

La Fiscalía de Menores ha advertido, de cara a la vuelta al colegio en plena situación de pandemia, que actuará contra el absentismo escolar que no tenga una justificación clara y terminante. Pero ¿hasta qué punto puede actuar la Fiscalía en estos casos? ¿Es delito no llevar a los hijos al colegio por miedo al Covid?

El artículo 226 del Código Penal castiga, como delito de abandono de familia, el incumplimiento de los deberes legales de asistencia inherentes a la patria potestad, con penas de entre tres y seis meses de prisión o multa de entre seis y doce meses. En determinados casos especialmente graves, se puede añadir también la pena de inhabilitación para el ejercicio de la patria potestad. Esos deberes cuya desatención se castiga como abandono de familia son los establecidos en el artículo 154 del Código Civil, entre ellos la obligación de educar y proporcionar una formación integral a los hijos, lo que incluye la debida escolarización.

Ahora bien, no todo absentismo escolar es delito de abandono de familia. La jurisprudencia (por ejemplo, la sentencia nº 49/2020 de la Audiencia Provincial de Madrid) exige que el absentismo sea grave, patente y duradero en el tiempo. Con estos criterios, algunas sentencias han condenado por abandono de familia a los padres cuyos hijos dejaron de asistir al colegio durante un curso completo.

Pero hay más. El delito de abandono de familia exige, como parte de su elemento subjetivo, la voluntad de desatención de los padres. Esto significa que el mero absentismo escolar no es delito: dependerá de los motivos que llevaron a los padres a desatender esos deberes. Si el absentismo se debe a la dejadez y desatención de los padres estaremos ante un delito de abandono de familia. Si, por el contrario, el motivo es otro -por ejemplo, la protección ante un posible contagio por Covid- no podemos hablar de delito.

Es muy ilustrativa sobre esta cuestión la Sentencia 383/2019 de la Audiencia Provincial de Girona, que acordó la libre absolución de los padres de un menor que no asistió al colegio durante un año completo debido al miedo de sus padres ante los reiterados problemas de salud de su hijo. En este caso, la sentencia estudia los motivos que llevaron a los acusados a no llevar a su hijo al colegio durante tan prolongado periodo de tiempo, y comprueba que en ningún caso puede hablarse de desatención (en concreto, sus padres se preocuparon de adquirir los libros de texto del menor, se entrevistaron con el tutor, trataron de sustituir la asistencia a clase mediante educación en casa, etc.), sino más bien de un exceso de celo en la protección de la salud de su hijo (de hecho, la inasistencia coincidió con el comienzo de ciertos problemas médicos del niño).

Con estos precedentes, entiendo que la clave para considerar si un absentismo escolar patente y prolongado puede ser considerado delito de abandono de familia es atender a las circunstancias concretas del menor y a las causas del absentismo. Si este no se debe a la dejadez de los padres, sino al miedo a un posible contagio por Covid, parece evidente que no podemos hablar de delito. Aún así, para quien opte por no llevar a sus hijos al colegio los próximos días, será conveniente tomar medidas para poder demostrar -de cara a una posible investigación de la Fiscalía- que se actuó con la debida diligencia y no se desatendió por dejadez la escolarización de los hijos: mantener (y documentar) las debidas comunicaciones con el colegio, comprar el material escolar, incluso asegurarse de que el menor sigue recibiendo educación en casa (mediante clases telemáticas, con un profesor particular, o de cualquier otra forma…) son formas de demostrar que no existe desatención y, por tanto, no existe delito.

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10 estrategias para defender a un culpable

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Este artículo ha sido publicado originalmente en el blog de su autor, el abogado penalista José María de Pablo. Ha cosechando un gran éxito (más de ocho mil veces ha sido compartido en las redes sociales) por el interés del tema tratado, y por su forma de escribir


 

Todo abogado penalista ha tenido que responder alguna vez a la misma pregunta: “¿cómo puedes defender a una persona si sabes que es culpable?”. La respuesta está en el art. 24 de la Constitución Española, que establece que todas las personas -sean inocentes, culpables, o mediopensionistas- tienen el derecho fundamental “a la defensa y a la asistencia de letrado, (…) a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia”. Y es el abogado la persona encargada de garantizar que quien se vea sometido a un procedimiento penal pueda ejercer ese derecho fundamental.

De hecho, la grandeza de un Estado de Derecho consiste, entre otras cosas, en saber que cuando se condena a alguien se hace tras un juicio justo con las debidas garantías del derecho de defensa. Sin guantánamos.

Además, en los más de veinte años que llevo defendiendo a todo tipo de acusados en los tribunales he aprendido que dividir a los acusados en “inocentes y culpables” es tan simplista como dividir a las personas en “buenos y malos”: hay una rica escala de grises, también entre los que se sientan en el banquillo de los acusados.

Pero este post no trata de los aspectos éticos de la defensa de un culpable, sino de un problema práctico que también puede plantearse un abogado: ¿cómo defender a un cliente que, no solo es culpable, sino que además cuenta con pruebas de cargo tan rotundas que tiene imposible conseguir la absolución?

Pues bien, he aquí un decálogo de diez posibles estrategias:

 

Primero, estudiar la prescripción

La prescripción es siempre lo primero que hay que comprobar (sea o no sea culpable el cliente) al asumir una nueva defensa. Muchas veces, por la complejidad de la investigación, la demora de la víctima en denunciar, o la lentitud del juzgado en cuestión, el tiempo transcurrido desde la comisión del delito hasta que el procedimiento se dirige contra el culpable supera los plazos del artículo 131 del Código Penal, y nos bastará alegar la prescripción para salvar a nuestro cliente de la temida condena.

 

Segundo, pedir la nulidad de las pruebas de cargo

A veces, esas pruebas que creemos demoledoras contra nuestro cliente han sido obtenidas por medios ilícitos o con vulneración de derechos fundamentales. Como en la lucha contra el delito no todo vale, el artículo 11 de la Ley Orgánica del Poder Judicial establece que “no surtirán efecto las pruebas obtenidas, directa o indirectamente, violentando los derechos o libertades fundamentales”.

Sobre este tipo de nulidades escribí un artículo en El Mundo que puede consultarse en este otro post del blog. Aquel artículo hacía referencia a la investigación de la Operación Galgo sobre presunto dopaje en el atletismo español, en la que intervine como abogado defensor, y que acabó siendo archivada cuando la Audiencia Provincial de Madrid estimó que las escuchas telefónicas y registros practicados eran nulos porque la Guardia Civil había vulnerado derechos fundamentales de los imputados.

Las nulidad de las pruebas se puede pedir en diversos momentos del proceso: al levantarse el secreto de sumario, durante la instrucción, como cuestión previa al comenzar el juicio oral, en el recurso de apelación o casación… Y no hay que desanimarse si la primera vez que se pide se desestima: si de verdad entendemos que existe nulidad, reiterémoslo en cada fase del procedimiento hasta el final.

 

Tercero, la mediación y la negociación

A veces el cliente que ha cometido un delito no está imputado todavía, pero acude a nosotros porque ha recibido un burofax de la víctima advirtiéndole de acciones penales.

En estos casos el abogado debe utilizar sus habilidades negociadoras y su capacidad de convicción para evitar al cliente un procedimiento penal. Y doblemente: por un lado, para llegar a un acuerdo justo con la parte contraria (que si de verdad ha sufrido un delito tiene derecho a ser resarcido) que evite la interposición de querella, y por otro, para convencer a nuestro cliente de que –aunque el orgullo le dicte otra cosa- es mejor un buen acuerdo que la posibilidad de terminar en prisión. Defender los intereses del cliente empieza muchas veces por convencer al ofuscado cliente de cuáles son de verdad sus intereses.

También se puede acudir a la novedosa mediación penal, de la que existe información en esta página del CGPJ.

 

Cuarto, ser realistas y no obcecarse con una imposible absolución

Un vicio típico en abogados principiantes (y a veces no tan principiantes) consiste en perder la perspectiva, dejarse llevar por un excesivo optimismo, y convencer al cliente de que su caso está ganado cuando no es así.

El abogado debe valorar con serenidad el caso que se le encomienda (la prueba de cargo y de descargo, la jurisprudencia aplicable…), y si hay posibilidades objetivas de obtener una absolución, dejarse la piel en ello. Pero cuando es objetivo que la sentencia será condenatoria, no podemos jugar al doble o nada con la libertad de nuestro cliente: habrá que centrarse en conseguir que la condena sea la menor posible.

Algunas fórmulas eficaces para, al menos, reducir notablemente la duración de una inevitable condena, son las estrategias quinta a novena que describo a continuación.

 

Quinto, la confesión y la colaboración con la Justicia.

Puede ocurrir que nuestro cliente acuda a nosotros antes de su imputación, porque sabe que va a ser imputado próximamente. El cliente ha cometido un delito, la investigación está a punto de alcanzarle, y por los datos que tenemos su condena va a ser inevitable.

En ese caso, puede ser conveniente acudir inmediatamente al Juzgado de Guardia a presentar un escrito confesando el delito. De este modo, nuestro cliente podrá beneficiarse del atenuante de confesión (art. 21.4. del Código Penal) para reducir la condena.

Pero ojo: la confesión debe prestarse antes de que el procedimiento se dirija contra nuestro cliente, de lo contrario no habrá atenuante. Además, la confesión debe ser completa (si nos guardamos datos y nos descubren, adiós atenuante) y sincera (si nuestro cliente falta a la verdad en algún punto esencial y es descubierto, también perderá el atenuante).

Si además de confesar prestamos una útil colaboración con la investigación (aportando documentación, etc) podríamos conseguir que la confesión se considere como atenuante muy cualificada, o incluso que se aprecie una nueva atenuante analógica (art. 21.7. del Código Penal).

 

Sexto, la reparación del daño

Otro medio sencillo para rebajar la pena con un atenuante es proceder a la reparación del daño, esto es: indemnizar a la víctima antes del juicio (art. 21.5. del Código Penal).

En realidad, esta estrategia es válida para casi todos los casos, incluidos aquellos en que vemos accesible una libre absolución. Con frecuencia –cuando es posible hacerlo- aconsejo a los clientes consignar el importe de la indemnización en la cuenta del Juzgado, indicando que es para la reparación del daño. Si felizmente absuelven a nuestro cliente, el Juzgado le devolverá el dinero; si le condenan, será para la víctima, pero nuestro cliente verá reducida la duración de su condena gracias a este atenuante.

Queda muy bien, en trámite de conclusiones, explicar al Juez lo honrado que es nuestro cliente que, a pesar de estar convencido de su inocencia, consigna el importe de la posible indemnización para no dejar desamparada a la víctima en caso de que el Juzgado entienda que ha cometido un delito.

 

Séptimo, las dilaciones indebidas

Cada vez es más extraño encontrar un procedimiento penal que finalice en un plazo razonable, así que la norma habitual debe ser pedir la aplicación de este atenuante (art. 21.6 del Código Penal).

 

Octavo, la conformidad

En muchos casos será conveniente acordar con el Fiscal (y en su caso, con la acusación) un acuerdo de conformidad y aceptar una pena menor a la que pensamos que podría recaer en caso de celebrarse el juicio.

Dos consejos. Uno, es preferible quedar con el Fiscal días antes a la fecha del juicio para negociar y cerrar el acuerdo: mi experiencia es que se obtienen acuerdos más favorables así que negociando en la misma sala de vistas minutos antes del juicio (y con el Juez escuchando la negociación!!!). Dos, no hay motivo para esperar a la fase de juicio oral para llegar a una conformidad: habitualmente será más ventajosa para nuestro cliente la conformidad en fase de instrucción (art. 801 LECRIM) que explico a continuación.

 

Noveno, el art. 801 LECRIM

El artículo 801 LECRIM prevé para una gran cantidad de supuestos (en términos generales, delitos con penas inferiores a los tres años), la posibilidad de que el imputado reconozca los hechos ante el Juzgado de Instrucción, solicite la transformación en juicio rápido, y llegue a un acuerdo de conformidad con las partes acusadores en ese juicio rápido.

Todo son ventajas: se acorta la duración del procedimiento (evitamos al cliente la intranquilidad de estar años esperando su juicio), se alcanza un acuerdo de conformidad y, lo más importante, el juez “impondrá la pena solicitada reducida en un tercio, aun cuando suponga la imposición de una pena inferior al límite mínimo previsto en el Código Penal”.

Estamos ante el descuento por pronto pago de las multas de tráfico aplicado a los delitos penales, que permite reducir la pena en un tercio de su extensión.

 

Décimo, un ejemplo práctico de estrategia de defensa

Nuestro cliente se ha enterado de que va a ser denunciado por una persona a la que agredió en la discoteca causándole una lesión que requirió tratamiento médico para su curación (delito de lesiones del art. 147.1 del Código Penal, castigado con penas de tres meses a tres años de prisión). Además, sabemos que existen informes médicos que acreditan el alcance de la lesión, y una grabación en vídeo que demuestra la existencia de la agresión y la autoría de nuestro cliente: la condena es prácticamente segura.

Pues bien, daremos los siguientes pasos:

1º.- Acompañaremos a nuestro cliente al Juzgado de Guardia para presentar un escrito confesando los hechos.

2º.- Indicaremos a nuestro cliente que consigne en la cuenta del Juzgado el importe correspondiente a aplicar el baremo de indemnizaciones a las lesiones ocasionadas.

3º.- En su declaración como imputado, nuestro cliente reconocerá los hechos. Una vez terminada su declaración, solicitaremos la transformación en diligencias urgentes de juicio rápido del art. 801 LECRIM.

4º- Quedaremos con el Fiscal y negociaremos un acuerdo. El Fiscal no pondrá reparos para apreciar las atenuantes de confesión y de reparación del daño. Si además es razonable, podremos convencerle para apreciar otra atenuante más por haber actuado en estado de embriaguez, ya que los hechos ocurrieron de madrugada en una discoteca (esto último, que sin pruebas objetivas nos costaría mucho acreditar en un juicio, es más factible pactarlo con el Fiscal).

Tenemos, por tanto, tres atenuantes, lo que permitiría reducir la pena en uno o dos grados (art. 66.1.2º del Código Penal). Lo que era una pena de entre tres meses y tres años de prisión, reducida en dos grados queda en una pena de entre 23 y 45 días de prisión: podríamos acordar con el Fiscal 30 días de prisión, que se sustituirían por 60 días de multa (art. 71 del Código Penal).

5º.- El Juez, al aplicar el art. 801 LECRIM reducirá en un tercio la multa de 60 días acordada, dejándola en 40 días. A una cantidad de 5 euros / día, estaríamos ante una multa de 200 euros.

De este modo, lo que amenazaba con terminar en una pena de hasta tres años de prisión para nuestro cliente, se habrá quedado en una multa de 200 euros.

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Tener un problema legal no debería ser la justificación para acudir a un abogado. La justificación ha de ser solicitar asesoramiento para evitar el problema. Los abogados resolvemos los problemas legales de nuestros clientes, si; pero también los evitamos mediante la consulta y asesoramiento previo. Es lo que en el mundo jurídico se conoce como abogacía preventiva.

Ahora enunciamos diez razones por las que muchas personas no acuden a un abogado, que se convierten realmente en diez razones para consultar con un abogado:

 

1. Es un contrato sencillo

Pensará que no necesita un abogado para redactar un contrato de arrendamiento o un contrato de entrega de una señal para la compra de una vivienda, pues parece algo muy sencillo. Pero hasta el contrato que pueda parecer más sencillo ha de contener ciertas clausulas que protejan sus derechos. O puede redactarlo incluyendo cláusulas que desconociendo su significado y trascendencia jurídica le reporte posteriormente perjuicios. Solo el abogado tiene una visión de conjunto de la transcendencia jurídica de cualquier paso que usted pueda dar.  

2. Bricolaje

El famoso corta y pega de aquí y de allá. Cree que puede redactar un documento cogiendo ideas de aquí y de allá. Pero el resultado será algo parecido al monstruo de Viktor Frankstein. El bricolaje es muy entretenido, pero es un hobby o pasatiempo. No debe hacer bricolaje con los asuntos jurídicos. Los abogados no lo hacemos.

3. Tener un familiar que sabe de estas cosas

¿Quién no tiene un familiar que dice que entiende de cuestiones jurídicas (quizás porque tenga un pequeño negocio o algunos estudios)? Seguramente no sabrá nada, pero la ignorancia es muy osada. Cada persona está cualificada para asesorar sobre su profesión, y para los temas jurídicos las personas cualificadas son los abogados. ¿Y un hijo que estudia derecho?

4. Hay Información en redes sociales

Hoy todo el mundo pertenece a una o varias redes sociales. Y por las redes circulan consejos legales que provienen … ¿de quién? usted no lo sabe. A diario leemos muchas barbaridades, que si usted las atiende podrán crearle un problema jurídico muy serio. Solo debe atender a aquellos consejos que provengan de un abogado, pero considere que cada situación personal es distinta por lo que nunca deberá tomar una decisión sin exponerle su caso concreto  

5. La ley no exige la intervención de abogado

Hay determinados procesos judiciales para los que la ley no exige la intervención de un abogado (por ejemplo una reclamación de poca cuantía o un juicio por delito leve). Pero que no lo exija no es sinónimo de que no sea conveniente que usted vaya de la mano de un abogado (y más cuando posiblemente la parte contraria sí esté asistida por un abogado). Por ejemplo: para reclamar 1.900 euros la ley no exige la intervención de abogado, y para reclamar 2.100 euros, sí; y ambas reclamaciones pueden tener el mismo fundamento jurídico que solo el abogado sabrá invocar.

6. Hay confianza con la otra parte

Usted va a firmar un contrato con alguien con la que tiene suficiente confianza y sabe (cree) que nunca tendrá problemas con ella. Le digo: desengáñese, en el mundo jurídico no puede fiarse de nadie (absolutamente de nadie); por eso necesita tener un contrato perfectamente redactado. Y desconfíe cuando una persona le dice para no acudir a un abogado: «¿es que no te fías de mí?» Pues no se fie, no lo haga.

7. El asesoramiento de un funcionario

Los hay con muy buena voluntad que le pueden dar un consejo, ¿pero ese consejo es acertado? ¿o es el mejor consejo para su caso? Suponemos que el funcionario hace bien su trabajo (no lo dudamos), pero su trabajo no es asesorarle a los administrados (a usted). No tiene preparación para ello y puede ocasionarle más problemas que beneficios. En muchas ocasiones hemos tenido un caso complicado porque inicialmente nuestro cliente actuó siguiendo el consejo de un bienintencionado funcionario.

8. Consultas en foros de internet

Lo más peligroso. Allí todo el mundo opina, la mayoría basándose en su propia experiencia, pero nadie sabe cuál es su caso concreto. Recuerde que no todos los casos son iguales y que usted al exponer el suyo puede olvidar alguna circunstancia importante por lo que la respuesta no sea la adecuada. En ocasiones los abogados dan respuestas en esos foros, pero siempre piden una consulta personalizada para el correcto asesoramiento.

9. Los abogados son caros

No hay nada más incierto como esa afirmación. Es más, los abogados somos muy rentables. Un adecuado asesoramiento o intervención a tiempo es incluso barato, pues ha de considerar el interés económico del, por ejemplo, contrato que va a firmar.

10. Gestores, asesores y otros

Muchas personas creen que para determinados asuntos los gestores son más adecuados, y además son más baratos (véase el nº 9). Lo mismo le podemos decir de esos asesores que nadie sabe lo que son. Pero la experiencia nos dice que saben lo justito y no más (A, B y C), e incluso que si se aventuran a D, E, etc, … le ocasionarán un gran problema.

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La campana de la verdad

La campana de la verdad

La campana de la verdad

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En la antigua China corría una leyenda sobre la existencia de una campana misteriosa en un lejano templo budista. Se conocía como La Campana de La Verdad.

Un día se produjo un robo en uno de los palacios de la ciudad, sin dejarse rastro. Tras varias pesquisas fueron detenidos cinco hombres, de no muy buena fama en el lugar, y llevados ante el Juez. Pero no había prueba de cargo: no había testigos, no le encontraron los bienes sustraídos; y por supuesto los cinco se declararon inocentes de los hechos por lo que fueron acusados.

El Juez no podía condenar a ninguno de ello, no tenía pruebas, pero sentía una gran presión por el dueño del palacio que quería ver encarcelado a quien le había arrebatado sus preciosas pertenencias. Y entonces se acordó de la misteriosa campana. Había oído hablar de ella, pero era una leyenda. Solo una leyenda. Aún así, decidió someter el caso a su misterio.

Dijo: «Ante la gravedad de los hechos, mi convencimiento de que entre los acusados está el ladrón y la falta de prueba para condenar, he decidido someter la decisión a La Campana de La Verdad, que durante siglos -en ese momento le falló la voz por su poco convencimiento en tal afirmación- ha hecho justicia ante casos singulares, distinguiendo a quien dice la verdad de quien miente. Mañana a primera hora iremos al templo, pues está a un día de camino».

Los acusados fueron retirados, y el Juez dispuso lo necesario para el viaje al templo, ordenando a su ayudante que partiera esa misma tarde para preparar el templo según sus indicaciones.

Templo budista en el que se custodia La Campana de La Verdad

Templo budista en el que se custodia La Campana de La Verdad

Antes de la primera luz del día, la comisión, los acusados y no pocos curiosos ya estaban de viaje hacia el templo budista. En el largo viaje ocurrieron algunas anécdotas que en otro momento contaré. Fueron recibidos por los monjes del templo, y por su ayudante. Ya caía el día, el sol se había puesto.

La campana se encontraba en la sala de los Reyes Celestiales, en un lugar con ya poca iluminación. El Juez y todos los presentes se reunieron en la antesala y dirigiéndose a los acusados, dijo: «Decís que sois inocentes, pero solo La Campana de La Verdad os podrá dar la razón. Deberéis entrar en la Sala de los Reyes Celestiales de uno en uno, de rodillas os acercaréis a la campana y pondréis vuestras manos sobre ella diciendo ‘soy inocente’. Si la campana guarda silencio, habréis dicho la verdad. Si la campana suena, habréis mentido».

A continuación, volvió a preguntar a los acusados: «¿insistís en vuestra inocencia?». Los cinco asintieron, y empezó la prueba definitiva. Se le dio orden al primero de ellos para que entrara en la penumbrosa sala. Hubo silencio y salió. Y así el segundo, el tercero, el cuarto y hasta el quinto. Los cinco se sometieron a La Campana de La Verdad y no se produjo ningún sonido. El rostro de los cinco era de de tranquilidad, pues por fin se veían en libertad.

«He de dictar sentencia conforme al resultado de esta prueba -manifestó solemnemente el Juez dirigiéndose a los acusados- y para ello enseñadme las palmas de vuestras manos». Los acusados, extrañados extendieron sus manos y tras unos instantes, señalando al que estaba en segundo lugar empezando por su izquierda, sentenció el Juez: «Tu has sido el ladrón, y eres condenados a la pena capital; y además, me has mentido».

Ante el asombro de todos los presentes, ya que la campana no había sonado en ningún caso, explicó: «Que la campana sepa distinguir la verdad de la mentira es una leyenda, que durante siglos ha convivido entre nosotros llegándose a tener por cierta, pero es solo una leyenda. Ayer dispuse que a nuestra llegada la campana estuviera tiznada, y la sala en penumbras. Los que entre vosotros tuvierais la conciencia limpia por no haber participado en el robo, obedecerías mi orden y pondrías las manos sobre la campana. El ladrón, creyendo que la campana le delataría, se abstendría de poner sus manos sobre ella, evitando así sin saberlo tiznarse sus manos. Y así ha resultado».

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